Millennials & Tecnología

La mujer invisible y la inteligencia artificial

Elizabeth Ortiz

Crecimos escuchando que la “historia del hombre” es sinónimo de historia de la humanidad, pues se dice que los hombres vivían en las cavernas, descubrieron el fuego y eran nómadas, pero ¿qué hay de las mujeres?

Los hombres han sido los protagonistas de nuestra civilización, pero irónicamente uno de los esqueletos más antiguos corresponde a Lucy, una mujer, y es utilizado para hablar de la historia del hombre. La visión androcéntrica está instalada en nuestro inconsciente y nos hace creer que la humanidad es hombre por defecto. A pesar de que hemos conseguido importantes avances para cerrar la brecha de género y de que representamos la mitad de la población del planeta, las mujeres seguimos siendo invisibles en muchos sectores.

En el libro La mujer invisible, Caroline Criado Pérez expone, a través de estadísticas e historias personales recogidas por todo el mundo, el alto precio que debemos pagar por vivir en una sociedad construida a medida de los hombres, en muchas ocasiones a costa de nuestra salud y bienestar. La Simone de Beauvoir de los datos evidencia que la cultura dominante es la culpable de que no seamos incluidas en muchas investigaciones para desarrollar productos y servicios, lo que provoca una falta de información y que incluso puede matarnos.

El ejemplo más claro de cómo el androcentrismo atenta contra nuestra vida es la forma de abordar y tratar el infarto agudo de miocardio, ya que los libros señalan, como sintomatología, dolor precordial con irradiación hacia el brazo izquierdo, siendo así como se presenta en los hombres pero no en las mujeres, ya que en nosotras se manifiesta con un malestar generalizado; por lo que hay un mayor número de probabilidades de que seamos diagnosticadas de manera incorrecta o que el padecimiento se denomine infarto atípico. Del mismo modo se toma el modelo masculino como referencia universal y supuestamente neutral en el diseño de dispositivos, aplicaciones y elementos de seguridad en automóviles, esto último es tan grave, que incrementa nuestro riesgo de morir en accidentes viales.

La supuesta neutralidad de la tecnología se ve deformada cuando los sistemas inteligentes aprenden de las personas, pues la inteligencia artificial (IA) no es verdaderamente objetiva y sus algoritmos pueden reflejar los sesgos de sus creadores o de quienes la alimentan con datos, puesto que adquieren todos los prejuicios, los estereotipos y normas sociales discriminatorias existentes. Aunque en teoría la precisión de la IA aumenta de manera proporcional a la cantidad de información suministrada, en la práctica nadie puede garantizar que los datos ingresados sean realmente ciertos o representativos de toda la humanidad y no solo de un mundo hecho por y para los hombres. Prueba de la falsa neutralidad son los chatbots de atención al cliente y los asistentes virtuales, como Siri, Alexa, Cortana y Google Assistant; que suelen tener voces femeninas sin rasgos autoritarios o de mando, con la finalidad de que sus usuarios no se sientan intimidados, estereotipando, de alguna forma, a la mujer como ayudante, recepcionista o empleada.

Aunque existe un marco ético que pretende regular la IA y contempla tanto la no discriminación como la inclusión, no hay nada claro, sino solo propuestas o recomendaciones. Garantizar la diversidad de trabajadores con habilidades técnicas en el campo de la IA e incorporar a más mujeres en el desarrollo de la tecnología son dos pasos importantes para reducir los sesgos de género y construir una sociedad inclusiva.

Se dice que debemos adaptarnos a la IA y la tecnología, pero considero que debe ser a la inversa, es decir, que estas herramientas deben desarrollarse pensando en los usuarios —entre los cuales no solo hay hombres, sino también mujeres— y supervisarse; teniendo en consideración sus consecuencias. En muchas ocasiones, los desarrolladores de tecnología tienen más interés en la gloria personal, el poder y la fama que en la utilidad de su trabajo. La tecnología no es ni buena ni mala, pero tampoco es neutra. Recordemos la historia de Frankenstein, de ese mismo modo la ambición puede convertir a las personas en creadores de monstruos, convirtiendo a la Inteligencia Artificial en una mera utopía.

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