Raúl Carlón Campillo Director general, Tranquilidad y Proyección tranquilidadyproyeccion@gmail.com
La frase con la que titulo esta colaboración alude a una tradición, un ritual religioso, una obligación civil o una simple declaratoria de kermés y encierra en su interior un simbolismo que pierde vigencia y parece aproximarse a su extinción. Esta frase era común y obligatoria en las bodas religiosas y civiles del siglo XX, por lo cual quienes decidían contraer nupcias debían pronunciarla frente a un montón de invitados en el momento crucial en el que se unían a su pareja de por vida.
Desde luego que, con el paso del tiempo, la relación cotidiana se erosionó hasta llevar a la sociedad a reflexionar si la sola frase era suficiente para mantener lo insostenible. Miles de historias se tejieron sobre el estoicismo de parejas mal avenidas que se mantuvieron unidas para honrar lo pronunciado en esa ceremonia, pero el nuevo siglo detonó un alud de divorcios y uniones libres sin el requisito de la ceremonia y el juramento en cuestión, lo cual facilita su disolución.
Para este mes, pensé en los actos de amor que llevan a las personas a realizar cosas que, sin el ingrediente emocional, es poco común llevar a cabo. Anillar los dedos anulares de la mano izquierda de cada consorte tras entregar una sortija para confirmar el compromiso es uno de esos actos que demuestran el amor de las personas. Hay otros más que, por espacio, no referiré ahora, pero uno de ellos que sí mencionaré, aunque tal vez sea el menos común, es garantizar económicamente el proyecto de vida llamado familia.
Asegurarse cuando se contrae un compromiso marital o de convivencia permanente con alguien es el acto, pero el vehículo con el cual se cierra este es un simple y sencillo contrato que refiere el compromiso contraído con una frase, la cual podría ser: “Yo, tu seguro de vida, te acepto a ti y prometo serte fiel en lo próspero y lo adverso, en la salud y la enfermedad, y protegerte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe… o tú lo decidas. Si fuera la muerte, haré por los tuyos lo que me pides hacer en tu nombre. Si fuera porque así lo decides, entenderé que la causa por la que me cancelas se centra en la realidad de que las personas para las que me adquiriste y el proyecto de vida con ellas dejaron de ser importantes. La decisión es tuya”.
En el marco de este mes, donde el romanticismo y el significado de la palabra amor están en el aire, debemos saber que un seguro de vida es la prueba documental y la garantía de que, más allá de las ceremonias, recepciones o notificaciones melosas, un proyecto de vida conjunto gozará de viabilidad financiera con, sin o a pesar de que los fundadores de la relación dejen de serlo por su naturaleza mortal o por decisiones civiles. La mejor prueba de amor reside así en un contrato que puede seguir vigente, aun cuando las personas no se mantengan unidas.
Agradezco la oportunidad de referir mi novela Hasta que la muerte nos separe… o tú lo decidas, la cual está disponible en Amazon.
