Carlos Zamudio Sosa / México Claims and Risk Management, S. C. / carlos.zamudiososa@gmail.com
¿Te imaginas un mundo privado de energía eléctrica por días o meses, donde el internet es intermitente y los medios de comunicación dan información esporádica de lo que está sucediendo? Imagina que un día dejan de funcionar los satélites, los transformadores y las telecomunicaciones, por lo que no puedes sacar el dinero de tu cuenta bancaria ni utilizar una aplicación de geolocalización. En este escenario, ni los celulares ni las computadoras sirven, los satélites se precipitan en el planeta, los aviones permanecen en tierra, el comercio mundial está casi paralizado y, por supuesto, ni los salarios ni los pagos están garantizados. Todo esto es posible.
Imagina que, una vez iniciado este desastre, te preguntas por qué no se crearon protocolos para reducir el riesgo de un colapso financiero o qué se tendría que haber hecho para atenuar los daños físicos en los equipos electrónicos y los aparatos mecánicos, pues apenas empiezas a comprender que siempre existió el factor generador de este mundo casi apocalíptico, pero fue soslayado por parecer poco probable. No, no estás viviendo una detonación atómica o una fuga radiactiva de una central nuclear, sino algo que viste en películas: las consecuencias de una intensa llamarada solar.
Estos escenarios de “ciencia ficción” no son novedosos, ya que han sido estudiados desde el 28 de agosto de 1859, cuando el astrónomo Carrington detectó actividad inusual en el Sol, tras la cual se presentó una tormenta geomagnética que colapsó el sistema de telégrafos de Europa y América del Norte. Desde entonces, se ha puesto cada vez más atención a los efectos de las llamaradas solares. Ahora, diversas instituciones observan de forma permanente a nuestra estrella y analizan estos fenómenos.
En 2008, la NASA presentó el informe Severe space weather events (ver https://rebrand.ly/new-nasa-8ea6df), donde reflejó la inquietud de estimar el impacto de un evento espacial de gran magnitud, como el observado por Carrington. La preocupación de esta agencia no era exagerada, ya que, por ejemplo, en marzo de 1989 una llamarada solar provocó el gran apagón de Canadá, que paralizó amplias zonas del país durante horas, después de dañar una central nuclear y numerosos transformadores, y en febrero de 2022 otra derribó el 80% de una flotilla de satélites Starlink.
Aunque un estudio de 2013, elaborado por Lloyd’s y AER (https://rebrand.ly/solar-storm-4e7f2a), confirmó que las consecuencias directas e indirectas de un evento Carrington podrían durar más de un año y aunque el potencial de pérdidas es de alrededor de 2 trillones de dólares, costo 20 veces superior al del huracán Katrina, parece que las empresas, incluidas las aseguradoras, no tienen mucho apremio por establecer protocolos de prevención y reacción, sino una preocupación mínima por dichos escenarios, como la que tenían por las pandemias.
No se ha dimensionado bien la probabilidad inferior al 2% de que un evento así ocurra en los próximos diez años, ya que nuestra sociedad está altamente enlazada y cualquier falla en el engranaje puede resultar fatal. Así que debemos valorar de forma adecuada este peligro, prepararnos para la eventual ocurrencia de un siniestro de este tipo, revisar si es posible transferir los riesgos a un asegurador y, en caso afirmativo, prever cuáles coberturas se requerirían.
