Raúl Carlón Campillo / Director general, Tranquilidad y Proyección
En los días de reflexión y descanso de Semana Santa, me decidí a investigar un concepto que escuché hace meses de un maestro normalista que intentaba explicar la causa por la que los adolescentes desafían sus capacidades sometiéndose a pruebas absurdas y descabelladas que se plantean en las redes sociales. “El pensamiento primitivo del que hacen gala es la causa de semejantes decisiones, ya que el pensamiento abstracto no está totalmente desarrollado”, sostenía el mentor con la autoridad de su profesión. Tras analizar el desarrollo que hemos construido en el sector asegurador y ser consciente del alcance de tal hipótesis, sostengo que precisamente dicha cuestión mantiene en discretos niveles de penetración la cobertura de riesgos de bienes y personas en nuestro país.
La principal característica del pensamiento abstracto reside en la capacidad de prever, lo que nos conduce a planear sobre escenarios futuros mientras todavía estamos en un presente que se nutre de acontecimientos pasados. Los tres tiempos (pasado, presente y futuro) son la materia prima de ese pensamiento. La residencia del aprendizaje y la capacidad de superar la frustración encuentran un lugar propicio en ese nivel de abstracción, alejado de juicios de valor, donde existe la certeza de que las decisiones que afectarán el futuro deben tomarse a partir de las lecciones del pasado.
Terremotos, huracanes, delincuencia, pandemia y vejez son algunos de los conceptos utilizados permanentemente por el sector asegurador para nombrar los riesgos que pueden hacerse realidad y causar tanto pérdidas como desolación entre la población. Las estadísticas sobre los siniestros son contundentes y lapidarias, pues evidencian las secuelas que se extienden incluso por décadas y los beneficios que obtiene quien, en un arranque de abstracción, decidió asegurar sus bienes, su salud y su vida, para dejar en otras manos el pago de las pérdidas sufridas por acontecimientos naturales, legales o humanos.
Ante la patética cifra de hogares, vehículos y personas aseguradas, huelga decir que nuestros esfuerzos no han alcanzado para desarrollar el pensamiento abstracto en la población, lo que nos mantiene en feroces luchas retóricas por rebatir objeciones cuando alguien se niega a asegurarse a pesar de lo barato y benéfico de nuestros contratos. El rechazo emerge desde la mente primitiva del prospecto, evidencia inequívoca de la ausencia de pensamiento abstracto, lo cual debería llevarnos a diseñar métodos de atención que permitan aportar elementos didácticos y pedagógicos para desarrollar el nivel de abstracción propio de la prevención.
En nuestro sector, hay quienes rechazan asumir esta responsabilidad, quienes no encuentran mecanismos para implementar un modelo adecuado y quienes se muestran dispuestos a recibir formación suficiente para guiar a sus prospectos hacia el mundo de la abstracción y resolver así su dramática falta de cultura de previsión. En mi opinión, el debate debe centrarse en encontrar el modelo didáctico y pedagógico que enseñe a otros a pensar en forma abstracta, más que en si se debe aceptar o rechazar la responsabilidad de implementarlo.
Por último, te invito a pensar en qué ocurriría si los más de 70 mil agentes de seguros fueran asiduos consumidores de sus propios productos. Con toda certeza, su solo ejemplo sería de mucho mayor peso ante un prospecto que el juego retórico de las objeciones, ¿no crees?
