Sector Asegurador

¿Te ríes en los simulacros?

Laura Edith Islas Yáñez Directora general, Revista Siniestro

Septiembre es un mes simbólico para los mexicanos y representa luto para quienes vivimos aquel aciago 1985; sin embargo, también significa un cambio en las medidas de seguridad de la Ciudad de México. Desde esa fecha hemos aprendido muchas cosas. Una de ellas es que debemos estudiar las catástrofes locales para prevenir su expansión, como la epidemia de Covid-19 que comenzó en China y luego se propagó por todo el mundo. Así lo señala Ana Lucía Hill, quien estudió la licenciatura en Ciencias Sociales en el ITAM y tanto la maestría en Gestión Política como el doctorado en Manejo de Crisis, Desastres y Riesgos en la Universidad George Washington antes de comenzar el doctorado en Innovación y Responsabilidad Social en la Universidad Anáhuac, el cual cursa actualmente.

De acuerdo con Lucía, quien era responsable de Protección Civil en Puebla cuando se agravó la pandemia, los eventos catastróficos nos enseñan a seguir los protocolos de prevención; investigar bien las características de la zona que habitamos o pretendemos ocupar, como si es altamente sísmica o no; analizar los pro y los contras de tener un inmueble en cierto lugar; buscar información útil en materia de protección civil, y responsabilizarnos de nuestras decisiones, pues estas deben ser tanto adecuadas como oportunas y no debemos limitarnos a culpar a las autoridades. Esto aplica no solo para la Ciudad de México, sino para el país entero, por lo que debemos tomarlo en cuenta a la hora de viajar, de manera que identifiquemos los riesgos todo el tiempo y en cualquier lugar donde nos encontremos.

Ana explica que, inmediatamente después de ocurrido un sismo, las empresas deben revisar sus estructuras y analizar cómo afecta el siniestro sus operaciones, por lo que les recomienda tener un área especializada para la toma de decisiones, reforzar la cultura resiliente y estudiar las amenazas externas. Ella subraya que en todos los edificios hay riesgos, incluso en los llamados “inteligentes”, por lo que siempre resulta necesario revisar las consideraciones de seguridad con que fueron construidos. Además, afirma que no es posible desaparecer el riesgo, es decir, los temblores, las lluvias intensas o las inundaciones, pero sí podemos prepararnos para que el impacto de estos fenómenos sea menor.

“Estar preparados para un sismo elimina el factor sorpresa que nos impide reaccionar”, asegura Ana. Ella nos aconseja siempre tener preparada una mochila de emergencia con bienes, suministros y provisiones, como una lámpara solar, una USB con documentos importantes –incluso las escrituras de la casa– y un cambio de ropa, que nos permitan seguir funcionando y ser resilientes. A propósito de la resiliencia, la experta señala tres niveles: el individual, que desarrollamos tras enfrentar un gran trauma; el organizacional, que garantiza el funcionamiento de las empresas a pesar de las crisis, y el social o comunitario, que no solo implica la suma de los anteriores, sino también la solidaridad que experimentamos como humanos.

Ana asegura que aún falta mucho por hacer en materia de cultura de la prevención y de los simulacros que ponen a prueba los protocolos de seguridad, así que debemos concientizar a la gente sobre el riesgo que corre, el cual no es para nada ajeno. No se trata de que algo malo le puede ocurrir a otro, sino de que la vida de cada quien, incluyéndonos, está en peligro, por lo que no debemos reírnos de los simulacros o verlos como un juego. Siempre debemos estar preparados.

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