Seguros

PAGA PRIMAS, Y NO ASUMAS PÉRDIDAS

Raúl Carlón Campillo / Director general, Tranquilidad y Proyección tranquilidadyproyeccion@gmail.com

Hablar de siniestros es una costumbre entre quienes formamos parte de esta gran industria. En México, el sector asegurador duplica al bancario en número de instituciones participantes y tiene once veces más que las afores. Pese a ello, la participación del seguro en el producto interno bruto del país es contundentemente menor que la de los bancos comerciales y las afores. Evidentemente, el modelo de operación y negocio es distinto, pues las compañías de seguros se centran en la cobertura de riesgos que, en algún momento, pueden convertirse en pérdidas. Eso que llamamos “siniestro” y que este medio tiene como origen de sus publicaciones representa una contundente diferencia en la operación de dichas compañías.

Usualmente, la población recurre a las instituciones bancarias para guardar, usar y multiplicar su dinero. Las cuentas de nómina, cheques, ahorro y crédito gozan de la preferencia de las personas, aunque desconozcan a cabalidad cómo operan algunos productos bancarios. En materia de afores, las personas saben que tienen una cuenta alimentada por su patrón, el Estado y ellos mismos, la cual no puede usarse como cuenta corriente, y que únicamente podrán disponer de los recursos existentes en ella cuando lleguen a la jubilación, momento en el que verán multiplicado el dinero que se haya depositado allí.

Cuando se habla de seguros, las personas suelen concebir que estos pueden garantizar el pago del total de sus pérdidas patrimoniales y personales justo cuando estas ocurren. Entre los momentos cruciales en la vida de un seguro, resaltan tres: cuando se compra, cuando se usa y cuando se litiga. De ellos, los últimos dos están centrados en el siniestro. Esto es así porque, cuando se compra, la pérdida no ha ocurrido todavía, lo que nos lleva a hablar de lo que puede suceder, convirtiendo al asesor en anunciador de desgracias. Las corrientes comerciales han modificado los discursos centrándose en los beneficios, aunque estos, al igual que las pérdidas, todavía no lleguen. El mayor beneficio de asegurarse es, tal vez, la tranquilidad que teóricamente experimenta el asegurado al saber que las pérdidas amparadas por sus pólizas serán pagadas hasta cierta cuantía. Las pérdidas causadas por el huracán Otis, la pandemia de covid, el terremoto de 2017 y las muertes derivadas de los accidentes, las enfermedades o la naturaleza terrenal de los seres humanos, que son pagadas por las aseguradoras, pueden representar siniestros de impacto catastrófico para el sector. Sin embargo, la población asentada en zonas de riesgo natural, las personas con deficiencias en el cuidado de su salud y los proveedores mayoritarios de las familias se resisten a considerar el seguro como una de sus principales adquisiciones, aunque este es el único instrumento que no solo permite guardar y usar el dinero depositado cuando hay una pérdida amparada en el contrato, sino también multiplica por muchas veces más esta cantidad, cualquiera que haya sido, justo en el momento crítico, lo cual constituye una enorme diferencia.

El seguro es un instrumento financiero que permite guardar, usar y multiplicar el dinero, lo que lo convierte en un gran instrumento de inversión para un fin específico: pagar pérdidas. En este sentido, hablar de siniestros es resaltar esa mayúscula característica de estos fantásticos contratos con una sencilla apreciación: “¿Tienes dinero para comprar otro auto, reconstruir tu vivienda, atender una enfermedad o dotar a tu familia de capital si te vas antes de que te toque partir? Si la respuesta es no, entonces necesitas comprar capital en un contrato llamado seguro”. Las personas no pueden asumir pérdidas, sino pagar primas. Por tanto, es esencial centrarse en las primeras y no en las últimas.

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