Sector Asegurador

Educar a niños para formar asegurados

Raúl Carlón Campillo / Director general, Tranquilidad y Proyección tranquilidadyproyeccion@gmail.com

En este mes, la celebración de los infantes llega a su centenario de vida. Fue en 1924 cuando el presidente Álvaro Obregón y el secretario de Educación José Vasconcelos decretaron que cada 30 de abril se celebraría el Día del Niño. Desde luego, existieron infantes antes de ese año y los seguirá habiendo hasta que nos extingamos como especie, pero conmemorar su día es causa de festejo y también de reflexión.

Las primeras experiencias significativas que permanecen por toda la vida se gestan en la niñez. En esta etapa, las destrezas motrices y sensoriales, el desarrollo del lengua- je y las capacidades tanto de comunicación como de memorización van moldeando la conducta que las personas tendrán en la adultez. Nuestra niñez representa la versión primigenia de quienes somos ahora, por lo que al pensar en la infancia evocamos experiencias significativas.
Las prácticas que dejan aprendizaje resultan cruciales en la educación de los niños para formar a los futuros adultos. No comprender esto, sobre todo en las latitudes donde el error es fustigado y rechazado, complica el ya complejo proceso de enseñanza-aprendizaje. Para quien sí lo entiende, ser padre es una experiencia significativa que genera un fuerte compromiso relacionado con los comportamientos que, en su momento, podrían ser adoptados por los hijos. Asegurarse es una decisión adulta apoyada en la cultura de la previsión. Con certeza, la brecha de aseguramiento en México tiene su origen en la ausencia de este tipo de decisión en la vida de nuestros ascendientes. Si nuestros padres no cobraron un seguro de vida de los abuelos y pagan de su bolsa las atenciones médicas privadas y los daños del auto derivados de una colisión, transmiten la idea de que hay forma, aunque indeseable, de afrontar las calamidades.

En el peor de los casos, quienes hayan heredado esa ausencia de cultura de la previsión se lamentarán durante varias generaciones por haber perdido el patrimonio o la estabilidad cuando un robo, una enfermedad o la muerte llegó sin que contaran con mecanismo financiero alguno para afrontar las pérdidas.

La cultura de la previsión en los niños se desarrolla desde casa con el ejemplo de los padres comprometidos con su formación, pues no basta con delegar a la educación académica esta responsabilidad. Aunque es plausible acudir a las escuelas para inculcar la previsión cuando la casa, el auto, la salud y la vida de los padres carecen de coberturas, esto resulta insuficiente. Se requiere educar a los padres para garantizar que su ejemplo se convierta en conducta a seguir por los niños.

Un seguro educativo va más allá de un contrato de capital para pagar la enseñanza superior, ya que con él también se aporta educación financiera a la persona beneficiaria para que replique la buena práctica con su descendencia. Cuando la madre o el padre asegura a una persona con una póliza educativa da a esta un ejemplo de conducta previsora que dejará una experiencia significativa sobre todo cuando se materialice la posibilidad de una preparación profesional.

Eduquemos a los niños en previsión con nuestro ejemplo. Solo así lograremos que ellos festejen a quienes les precedan con la sana práctica de la previsión y el aseguramiento como principio de una conducta adulta.

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