Raúl Carlón Campillo / Director general, Tranquilidad y Proyección tranquilidadyproyeccion@gmail.com
La cobertura de un riesgo por medio de un seguro involucra a muchas personas. Concebir un producto implica diseñar las coberturas, calcular el riesgo, agregar los recargos por administrarlo y comercializarlo, redactar las condiciones, registrarlo ante las autoridades y alimentar el sistema para operarlo, entre otros procesos que exigen la participación de actuarios, administradores, financieros, abogados, ingenieros en sistemas y especialistas. Sin embargo, acercar el producto al consumidor final para explicar su funcionamiento, el alcance de sus coberturas y la forma de contratarlo, conservarlo, modificarlo o cancelarlo exige la presencia de una figura distinta a las antes mencionadas: los asesores de seguros, quienes encarnan la intermediación y resaltan por su importancia sin demeritar la función de todos los involucrados en la existencia de un producto y un contrato. Vender un seguro a quien se resiste a comprarlo y exhibe una escasa cultura de previsión con el escudo de no tener dinero pone en riesgo el esfuerzo de las personas involucradas en los procesos enunciados. Sin duda, abordar personas desconocidas para hablarles de cosas desconocidas es complejo, sobre todo si la promoción de contratos de capital para pagar pérdidas exige referir situaciones que muestran al asesor como un promotor de desgracias. Por eso, el valor de un asesor va más allá de sus resultados comerciales, así que evaluarlo por el importe de primas que acumula es solo un reconocimiento a sus habilidades comerciales que le proporcionan dinero, viajes, condecoraciones y loas públicas, pues llegar a una meta implica una colección de actividades que, en muchos
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