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Ingeniería a prueba. Los daños estructurales por sismos en la Ciudad de México.

Como se ha hablado hasta el cansancio, la Ciudad de México se encuentra sobre el lecho de un lago y la suave composición del subsuelo ha sido un reto para las construcciones que desde hace siglos se levantan sobre él. 

Por Iván Salcido

Los innumerables sismos que se generan en la costa y dentro del territorio continental se han encargado de poner continuamente a prueba a arquitectos e ingenieros, que tratan, contra toda lógica, de vencer la enorme fuerza de la naturaleza.

maxresdefaultSon ya varios los sismos que en el último siglo han golpeado a nuestra ciudad, entre los que sobresalen el de 1957, cuando cayó el Ángel de la Independencia, evento que despertó en los científicos la curiosidad por investigar el efecto de las ondas sísmicas en el subsuelo; el de 1979, cuando un temblor derribó la Universidad Iberoamericana, que se encontraba en Taxqueña, aunque afortunadamente sin víctimas por la hora en que se presentó; el de 1985, cuando no tuvimos tanta suerte, ya que, en ese año, 800 edificios se colapsaron completamente, y, finalmente, el del 19 de septiembre de 2017, cuando un sorpresivo sismo volvió a dañar cientos de inmuebles, aunque no más de 50 de ellos colapsaron.

La lección fue clara: no estamos preparados y seguimos siendo vulnerables, así que sólo podemos estar seguros de que los temblores continuarán y de que dependemos de la resistencia de los edificios.

Evitar que se caigan o lograr que por lo menos se mantengan en pie el suficiente tiempo para poder realizar una evacuación es una de las metas de los reglamentos de construcción.

Adentrándonos un poco en los factores que provocan los daños, podemos mencionar que los más importantes son la magnitud del temblor y la distancia de su epicentro al lugar afectado, en este caso la Ciudad de México.

wp2063182-civil-engineering-wallpapersPor otra parte, cuando un sismo ocurre muchos kilómetros debajo de la superficie, en el llamado hipocentro, las ondas sísmicas suben y comienzan a viajar de manera horizontal, desde el llamado epicentro. Éstas, integradas por las ondas primarias (P), secundarias (S) y superficiales, viajan con una alta frecuencia, es decir, cada onda va seguida muy de cerca por la siguiente desde su origen, por lo que, mientras viajan, van perdiendo su fuerza y se van separando entre sí, cambiando su frecuencia de alta a baja. Para explicar esto, compararé los sismos de 1985 y 2017.

El primer evento telúrico sucedió a 400 km de la Ciudad de México; tuvo una magnitud de 8.1, fuerza que provocó que sintiéramos hasta las ondas primarias, que viajan más rápido y pierden su fuerza primero, en forma de movimiento trepidatorio, y tuvo una frecuencia de dos segundos entre onda y onda, lo que afectó especialmente a los edificios de 8 a 15 pisos, ya que por su altura vibraron más.

El segundo terremoto ocurrió a tan sólo 120 km de la capital y tuvo una magnitud de 7.1, es decir, 32 veces menos fuerte que el de 1985. Pero, aunque no tuvo tanta energía, la corta distancia nos hizo sentir toda la fuerza de las ondas, ya que venían muy cercanas una de la otra desde el epicentro (frecuencia alta) y habían viajado sin perder su fuerza, y el espacio de un segundo entre cada una de ellas provocó que ahora los edificios afectados fueran los bajos, es decir, aquellos de 4 a 8 pisos, ya que éstos fueron los que más vibraron en esta ocasión.

Así que ya podemos entender por qué ciertos edificios se convierten en las víctimas de determinado temblor: un sismo cercano trae una alta frecuencia que ataca a los edificios bajos; por el contrario, un sismo lejano llega con una frecuencia baja que ataca a los edificios altos. Ésa es la clave.

PantherMedia A13425784Ahora bien, ¿por qué unas construcciones cayeron y otras quedaron ilesas? La localización geográfica de los edificios hace que unos sean más susceptibles que otros, debido, entre otras cosas, al tipo de suelo. A esto se suman muchos otros factores, como el golpeteo entre los edificios en los que no se respetó el espacio entre sus colindancias; un mal di- seño; el uso de materiales deficientes; la subutilización de edificios, ya que muchos inmuebles son utilizados como bodegas o fábricas y el sobrepeso en las estruc- turas también es causa de un desplome; la fragilidad, ya que, por ejemplo, los edi- ficios en las esquinas suelen ser los más dañados por ser rígidos en dos colindan- cias y frágiles donde se encuentran las ventanas, y la fecha de construcción del inmueble, puesto que los edificios cons- truidos después de 1985 cumplen con unas especificaciones de construcción que los deja mucho más protegidos que los edificados antes de esa fecha, así que el mayor riesgo en los sismos del futuro reside en ellos y lo más preocupante es que representan la mayoría de los edificios con los que cuenta la ciudad.

Como podemos ver, estuvimos y estaremos en problemas. Incluso si pudiéramos predecir dónde ocurrirá el siguiente temblor y utilizáramos los da- tos de su magnitud y distancia, sólo podríamos saber cuáles edificios estarían en mayor peligro para tratar de evitar pérdidas humanas, pero las estructuras no tendrían la misma suerte. Ante tal dinámica, sólo nos queda el amparo de un buen seguro.

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