Lili López / IG: lilylopez.mentaltrainer
A muy pocas semanas del Día de las Madres, me encuentro sentada en un parque donde los árboles se mueven con suavidad y el aire huele distinto, más vivo. Con esa presencia que pocas veces me permito, veo a otras mamás jugando con sus hijos: ríen, corren, se ensucian y se abrazan. Entonces, sin avisar, algo se mueve dentro de mí. Comienzo a preguntarme: ¿en qué momento ser mamá se empieza a sentir como desaparecer un poco?, y ¿en qué momento algunas mujeres compramos la idea de que amar es darlo todo, incluso a costa de nosotras mismas?

Ahí aparece ese susurro silencioso que casi no se nota, pero que siempre ha estado presente: el deber ser. Esa voz que no grita, pero dirige, y que pocas veces se cuestiona, pero muchas otras se obedece: “deberías poder con todo”, “deberías ser paciente siempre”, “deberías disfrutar cada momento”, “deberías ser mejor”… Sin darnos cuenta nos vamos partiendo entre lo que somos y lo que creemos que debería ser.
Me observo y me duele recordar cuánto llegué a exigirme antes de ser más consciente. Al mismo tiempo, reconozco que este relato no es solo mío, pues es una historia compartida, aprendida y normalizada: ser buena mamá, buena profesional, buena pareja y buena amiga; cuidar el cuerpo; no verse cansada; no fallar; no soltar… Se trata de una lista infinita que muchas mujeres hemos intentado cumplir creyendo que ahí está el amor, pero ¿qué hay de nosotras?, y ¿en qué parte de todo eso nos estamos eligiendo?
Respiro. El aire entra distinto ahora. Algo se acomoda. Amar a nuestros hijos e hijas no debería implicar abandonarnos, porque cuando una mujer se abandona no solo se desconecta de sí misma, sino también transmite sin querer la idea de que amar es dejarse al final, cuidarse es egoísmo y ser mujer es postergarse. No. Esa historia merece ser cuestionada.
Miro de nuevo a esas mamás no desde la comparación, sino desde la conciencia. Cada una está viviendo su propia historia, su forma de maternar y su camino. Entonces la idea se vuelve más clara, amplia y colectiva. No tenemos que ser todo para ser suficientes. Resignificar la maternidad no es hacer las cosas de manera perfecta, sino de forma consciente, y es darnos permiso de cansarnos, de no poder con todo, de elegirnos, de pedir ayuda y de soltar una exigencia que nunca fue nuestra.
Haz una pausa. Respira y pregúntate: ¿desde dónde estoy maternando hoy?, ¿desde el amor o desde la exigencia? Quizá hoy no necesitamos ser mejores mamás, sino solo ser más amables con nosotras mismas y aprender a maternar desde este punto. En este Día de las Madres, abrázate en lo que estás siendo y en lo que sigues aprendiendo, porque no se trata de hacerlo perfecto, sino más consciente.
Feliz día a las mamás que cuestionan, sienten y transforman, a las que están encontrando su propio camino. Cada maternidad es distinta, pero todas merecen vivirse con más amor.
