Lili López / lili@iarconsulting.net / IG: lilylopez.mentaltrainer WA: 55 1190 3192
Mi mamá siempre me ha dicho que estoy medio loca. Quizá tenga razón. Pero no soy de las locas que hacen un drama ni de las que discuten durante tres días en redes sociales con alguien que dice que mi punto de vista no le gusta. Soy otro tipo de loca, de las que se obsesionan con entender por qué las personas hacemos lo que hacemos: ¿por qué alguien toca el claxon de forma desesperada cuando el semáforo lleva apenas un segundo en verde?, ¿por qué una persona mueve un automóvil estacionado en plena calle para celebrar un gol de la Selección o la victoria de México?, ¿por qué dos desconocidos son capaces de bajarse del coche para pelear por un cerrón que duró menos de cinco segundos?, y ¿por qué alguien que dice querer cambiar a abandona sus objetivos a la primera dificultad?
Mientras más estudio la mente humana, más convencida estoy de que el problema no es la falta de inteligencia, sino la falta de conciencia. La evolución nunca borró las versiones anteriores de nosotros, sino que las fue acumulando. Dentro de cada ser humano siguen viviendo millones de años de historia. Todos esos “humanos” aparecen dependiendo de la situación.
Hay días en los que despertamos como un Australopithecus moderno cuyo cerebro no analiza y solo sobrevive. Un cliente tarda en responder un mensaje y ya imaginamos que perdimos la venta. Alguien nos escribe “necesito hablar contigo” y, en cinco minutos, ya renunciamos, encontramos otro plan y hasta nos mudamos de ciudad. El cerebro ama completar historias, aunque no tenga evidencia.
Luego, aparece el Homo habilis, el inventor de herramientas. Hoy esa versión de nosotros vive ocupadísima: compramos agendas para organizar las tareas de la aplicación donde organizamos las tareas y escuchamos un podcast sobre productividad mientras respondemos correos y revisamos WhatsApp. Estamos haciendo tanto que a veces ya no sabemos para qué.
Después, llega el Homo erectus, el que descubrió el fuego. Nosotros ya no encendemos fogatas, sino discusiones. Basta un comentario en redes, una diferencia política, un error en el trabajo o una opinión distinta para que de pronto el incendio ya no esté afuera, sino dentro de nosotros. Más tarde, aparecen los neandertales. Ellos vivían en tribus y nosotros también: mi partido, mi empresa, mi equipo, mi generación, mi método y mi forma de vender. Cuando alguien piensa diferente, sentimos la necesidad de demostrar que nosotros tenemos la razón, como si tener la razón fuera más importante que comprender.
Al final, llega el Homo sapiens y el Homo sapiens sapiens, los que pueden reflexionar, imaginar el futuro, crear empresas, escribir libros, construir organizaciones y transformar vidas. Sin embargo, también son los únicos capaces de sufrir por algo que todavía no sucede o, peor aún, por algo que jamás sucederá.
¡Es increíble! Tenemos la inteligencia artificial, los vehículos autónomos y las videollamadas con gente del otro lado del planeta, pero seguimos reaccionando como si cada comentario fuera una amenaza para nuestra supervivencia.
Quizá por eso veo algo que me preocupa, sobre todo en el mundo empresarial: muchas personas creen que el mayor obstáculo para crecer es el mercado, la competencia, la economía y las ventas, pero pocas descubren que el verdadero límite está en la conversación que mantienen todos los días con ellas mismas: “no soy suficiente”, “no es el momento”, “ya estoy muy grande” y “de seguro alguien más lo hará mejor”. Esa voz no viene del futuro, sino de millones de años atrás.
La buena noticia es que tenemos la capacidad de observarnos. Tal vez ahí comienza la siguiente evolución: no cuando dejemos de sentir miedo, sino cuando nos demos cuenta de que el miedo está hablando; no cuando dejemos de reaccionar, sino cuando elijamos responder, y no cuando dejemos de equivocarnos, sino cuando desarrollemos la capacidad de aprender de nosotros mismos.
Imagino que dentro de mil años alguien estudiará nuestra época y encontrará los teléfonos, las computadoras, los satélites y la inteligencia artificial. Espero que también encuentre algo más: una generación que entendió que el verdadero avance de la humanidad no yacía en construir máquinas más inteligentes, sino en desarrollar seres humanos más conscientes.
Puede que no seamos un Homo sapiens sapiens. Tal vez seguimos siendo solo un Homo a veces sapiens. ¿Saben qué? A mí me gusta creer que la evolución todavía no termina. Me gusta pensar que está naciendo una nueva especie, una que no aparece en los libros de antropología ni en los museos, una que vive entre nosotros. Yo la llamo Homo conscientus, no porque sea perfecta, sino porque se atreve a hacer algo que muy pocos hacen: pensar lo que piensa.
En esta especie están las personas que observan sus reacciones antes de justificarlas; que cuestionan sus propias creencias antes de intentar cambiar las de los demás; que buscan vivir en congruencia con lo que piensan, sienten, dicen y hacen, y que entienden que el verdadero desarrollo humano no consiste en acumular conocimientos, sino en desarrollar la conciencia. Estas personas con propósito son capaces de liderar primero su propia mente para después influir de forma positiva en los demás. Estoy convencida de que la siguiente evolución no será biológica, sino de la conciencia.
Mi mamá tiene razón: estoy medio loca porque sigo creyendo que entrenar la mente puede cambiar una vida, una empresa, una familia y, quizás algún día, una generación entera.
Soy Lili López. Me apasiona ayudar a las personas a domar a su neandertal, entrenar a su Homo sapiens y despertar al Homo conscientus que ya vive dentro de ellas. Yo pienso y me gusta creer que el mayor logro de nuestra evolución no será parecer más inteligentes, sino aprenderás conscientes. Escríbeme y evolucionemos a la par.
