Vida & Retiro

Conocer e identificar Diferencia entre póliza y contrato de seguro.

Por: Carlos ZAMUDIO SOSA

México Claims and Risk Management, S.C.

carlos.zamudiososa@gmail.com

No es ocioso que los profesionales de seguros deban conocer e identificar las formalidades de los productos que intermedian, aunque casi siempre se concentran en los elementos que hacen diferente un seguro de otro.

Muchas veces me han debatido mis conceptos y el tratamiento que doy a los mismos, pero mi forma de pensar resulta de la necesidad de interpretar no sólo la póliza de seguro (el documento) sino también el contrato de seguro (el acto jurídico) en el momento más importante de su existencia: durante el siniestro.

A pesar del riesgo de perder lectores tan sólo por el título, considero que no es tiempo perdido conocer los aspectos informales o culturales del tema, como la diferencia etimológica entre póliza y contrato, pues es importante señalar que no son sinónimos aunque les demos ese trato a sus acepciones.

Póliza es un vocablo que deriva del italiano polizza, palabra que a su vez fue tomada del griego apodiksis, que en la antigua Grecia tenía el significado de prueba o demostración, cuyo verbo es apodiknimi, que da la idea de probar con elementos o demostrar con argumentos. Por ende, polizza no necesariamente se refiere a una prueba documental.

Por su parte, el vocablo contrato proviene de la palabra contractus que deviene de contrahere, un verbo relacionado con la acción de concertar. En derecho, el contrato es un acto jurídico con objeto definido por los acuerdos entre personas o entidades.

No es nuestro propósito entrar en un estudio doctrinal al respecto, sino sólo advertir que el contrato de seguro es un acto formal donde el objeto principal consiste en transferir riesgos concretos, ciertos y lícitos a una de las partes, mientras que la póliza de seguro es el medio de prueba idóneo para tal acuerdo de voluntades.

La diferencia podría no ser menor cuando se precisa que en su condición formal el contrato de seguro también incluye la etapa precontractual, que supone, por un lado, la oferta en su forma general de cuestionario o de otras maneras que hoy se aceptan, como la práctica intermediaria del bróker o la contratación por medios electrónicos, y, por el otro, la contraoferta que se asume por la modificación impuesta por la institución financiera a la propuesta del tomador del seguro.

En otras palabras, en su forma material, el contrato de seguro se exhibe usualmente como un documento (póliza), pero su existencia se puede probar por medios alternativos, como el confesional, ya que por ministerio de ley no es necesario el documento para probar su validez, pues basta probar la aceptación de la oferta para que el contrato se considere vigente y con efectos.

No en vano nuestra legislación da el tratamiento formal, bajo tal acepción, al acto jurídico (contrato de seguro). En caso de que usemos el término “seguro” solo, éste estaría más relacionado con la actividad de la institución aseguradora, que con el contrato o, menos aún, con la póliza.

En la práctica, cuando una pérdida se ha materializado y surgen los conflictos propios del reclamo, las diferencias antes tratadas no son para minimizarse. Así tendríamos, por ejemplo, que, cuando se paga una caseta federal y con ello se adquieren derechos indemnizatorios, el asegurado (usuario) no recibe la póliza, pero no por ello deja de existir el contrato. En todo caso, los efectos podrían no hacerse plenos en contra del asegurado, ya que aquellas condicionales previstas en el contrato, que limitan sus derechos, podrían no ser efectivas por decisiones de la Corte resueltas en el sentido de que no puede operar en contra lo negativo de un contrato de adhesión del que se ignora su contenido.

De igual forma, el silencio del asegurador ante declaraciones o solicitudes expresas del asegurado (como el cambio en la declaración de la gravedad del riesgo, hecha por escrito), por el simple paso del tiempo que se acuerda por ley, modifica el contrato aunque no conste en la póliza, pues se infiere una aceptación tácita del supuesto agravatorio, o bien, que no fue considerado como tal.

Existen otros supuestos bajo el mismo tratamiento que de igual forma modifican el contrato, aunque no se asienten por escrito, y sólo se requiere la idoneidad de la prueba.

En lo que respecta a la ya referida confesional como medio de prueba de la existencia del contrato, nuestra legislación no precisa a quién aplica el precepto, por lo que no necesariamente se debe asumir que ésta recaiga en el dicho de un representante de la aseguradora, pues en el supuesto cabe que sea el propio tomador del contrato quien declare en confesional haber conocido de la existencia de dicho acuerdo jurídico.

Esto, claro, con sus debidas excepciones.

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