Ajustes, Daños e Indemnizaciones

Importante considerar la congruencia de la indemnización con la intensidad de los daños.

Carlos Zamudio Sosa / México Claims and Risk Management, S.C. carlos.zamudiososa@gmail.com

Septiembre ha quedado en la memoria de los mexicanos por los sismos de antaño ocurridos, eventos que resaltan tanto por la solidaridad de la gente y las entrañables historias alrededor de las personas como por, claro está, el carácter grave y masivo de los daños producidos.

Septiembre nos recuerda que México y otras naciones latinoamericanas han sufrido y seguirán sufriendo el embate de este tipo de catástrofes, ya que son vulnerables a la latencia de los terremotos.

Frente a esta vulnerabilidad se alza el seguro privado como una institución de estadísticas, análisis de frecuencia y estimación tanto de intensidad del evento como de masividad de su impacto.

El sismo es, por definición propia, un evento catastrófico, pero tanto éste como sus consecuencias tienen que ser mensurables, comparables, estandarizados de alguna forma y por tanto clasificables para que se pueda ofertar un producto de seguros que los cubra.

Si teorizamos un poco, en un futuro, el seguro también deberá estudiar la asegurabilidad de los efectos económicos de segundo orden, es decir, no sólo del daño material y financiero directo, para amparar los riesgos sociales y convertirse en un factor que contribuya a la resiliencia de la sociedad cuando los eventos catastróficos tengan un impacto económico cierto, como la pérdida de la fuente de trabajo y la falta de acceso a atención médica oportuna en centros de salud públicos —pensemos que un panorama así pone en riesgo la vida, por lo que obliga a recurrir a servicios privados y, por tanto, a realizar gastos que no se pueden costear—.

Ahora volvamos al hoy. Mientras los seguros sigan siendo un método resarcitorio de pérdida, los daños indemnizables deben ser indemnizatorios. Por tanto, los seguros catastróficos deberían adaptarse a la aversión al riesgo del contratante, de manera que, si el comprador de seguros deseara trasladar el 100% del riesgo (sin deducible y sin coaseguro) y tuviera la capacidad económica para ello, el sistema asegurador estuviera en condiciones de ofrecerle un producto en consecuencia y no le impusiera una tolerancia, que tal vez el empresario no tendría, sólo para garantizar la continuidad del negocio mediante el pago de primas.

Por otra parte, el sistema asegurador debe garantizar la exacta retribución de los daños, incluso cuando sean imprecisamente reclamados por el asegurado o el beneficiario, ya que el perito de la aseguradora tiene el conocimiento y la capacidad para evaluarlos directamente, considerando el tipo de sismo y los efectos esperados en cada inmueble afectado —esto porque una estructura puede tener daños muy diferentes en cada nivel o área, según el tipo de terremoto—.

Detengámonos un poco en algunos aspectos clave, ya que este medio sirve de consulta para aquellos agentes que buscan defender el interés del asegurado en el momento del siniestro.

La premisa es simple: los efectos de un sismo se basan en tres factores cuantificables que son la distancia del epicentro, la magnitud del temblor y las condiciones locales del suelo. El terremoto se produce por una falla geológica cuyos efectos pueden transmitirse a gran distancia, incluso cientos de kilómetros.

Pensemos primero en la longitud de la propia falla, pues, entre más extensa sea, es más probable que las ondas reboten en mayor cantidad y los efectos perduren por mucho más tiempo. En otras palabras, las secuelas duran más que el lapso que ocupan en desplazarse los bloques paralelos a la fractura a lo largo de ella.

Frente a esto tenemos dos certezas: una es que, mientras mayor sea el tiempo que dure la ruptura, más tiempo transmitirá los efectos, y otra es que, mientras más cercanas estén las infraestructuras o los bienes susceptibles al área de rompimiento, mayor será el impacto en ellos. La palabra exacta con la que se denomina este fenómeno presente en las ondas sísmicas es ‘frecuencia’.

Una onda sísmica de alta frecuencia se transmite a mayor distancia, genera una sacudida que se percibe como más intensa y, por lo general, daña las estructuras más pequeñas. Por el contrario, las frecuencias bajas de una onda sísmica suelen provocar un mayor periodo de oscilación en las estructuras muy altas, por lo que, en este caso, la baja frecuencia sacude de manera más intensa un edificio alto y causa más daños en las zonas altas o medias de éste.

Hay un video muy popular en Internet que expone de manera muy visual y clara esto, pero, incluso si no lo buscamos, debemos tener claro que, como los daños resultantes deben ser considerados al momento del ajuste, se debería descartar la posibilidad de afectaciones no visibles, pero esperadas, según la frecuencia de la onda.

Ahora, con respecto a la magnitud, asignamos un valor a esta variable, de acuerdo con una escala, para evaluar la intensidad de un terremoto y la energía que fue liberada, así como para asociar con ella, de una excelente forma, el daño esperado.

La escala de magnitud es logarítmica de base 32, lo que significa que un sismo de magnitud 8 libera 32 veces más energía que uno de magnitud 7, 1000 veces más que uno de magnitud 6, 32,000 veces más que uno de magnitud 5, y así sucesivamente.

Finalmente, las condiciones propias de los terrenos interactúan de manera diferente con las ondas de un temblor y pueden amplificarlas, produciendo condiciones muy distintas a las del entorno inmediato. Por ejemplo, en la zona de transición del antiguo lago de la Ciudad de México, con independencia de la magnitud y la distancia, periodos de oscilación muy concretos exacerban los daños que una frecuencia específica causaría en una estructura similar, pero no muy cercana a ella.

Ante este panorama, se ha identificado las áreas de mayor riesgo de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México y el Estado de México; modelado y clasificado los efectos de los movimientos telúricos en ellas, y asignado, en consecuencia, un deducible y un coaseguro para estandarizar la prima.

Las zonas están tan suficientemente clasificadas que, en algunos casos, el otro lado de la acera supone daños esperados distintos, es decir, un nivel de riesgo diferente ante un temblor. Por ello, un agente de seguros consciente de estas diferencias podrá ejercer una mejor defensa del reclamo de su cliente.

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