Ajustes, Daños e Indemnizaciones

Riesgos retenidos: peligro previsto contra riesgo asegurado

Carlos Zamudio Sosa / México Claims and Risk Management, S.C./ carlos.zamudiososa@gmail.com

El primer gran incendio que ayudé a atender fue el de la ferretería Los Dos Leones, la cual se ubicaba en el centro de la hoy Ciudad de México. Aquel siniestro ocurrió en 1982. No recuerdo muchos detalles de aquella experiencia. Por un lado, era muy joven; por el otro, no tenía permitido ni el contacto con el personal del asegurado. En aquella ocasión, mi función era auxiliar a los ajustadores de la oficina. A casi cuatro décadas de ello, varias cosas han cambiado en el mundo del seguro.

En eso años, las pólizas que se suscribían generalmente eran por riesgos nombrados. No existía el combo feliz de la actual e indispensable cobertura contra todo riesgo. Si colocar un seguro de incendio en aquella época era, como hoy, el logro de una venta persistente, muchos debieron ser los peligros inimaginables que debió afrontar sola la pequeña y la mediana empresa. En múltiples ocasiones me tocó comunicar improcedencias por falta de cobertura para diversos tipos de daños físicos.

En ese tiempo, los seguros de daños ordinariamente se suscribían en valor real. Aún no se popularizaba la opción de trasladar riesgos por el valor de reemplazo. Así que, además de requerir al asegurado que comprobara el valor de las pérdidas, resultaba indispensable verificar o peritar la antigüedad de los activos fijos. Casi cualquier documento que dijese “factura” era un comprobante fiscal, pero era muy difícil comprobar el valor de aquellos equipamientos sumamente antiguos. Aunque no lo recuerdo, las indemnizaciones debieron ser muy exiguas. Por tanto, el afectado debió enfrentar las pérdidas derivadas de la necesidad de invertir en los nuevos activos fijos.

El reclamante no tenía las bondades de hoy: sistemas contables depurados y control de inventarios. Debía dedicar largas jornadas, durante varios días, a la verificación de las existencias. Era un dolor de cabeza identificar cada parte. Ocasionalmente se nos permitía pesar algunas mercancías, como tornillos y tuercas, para estimar su cantidad, pero ello dependía de la forma en que se hubiesen adquirido. El asegurado debía disponer de todo su personal para informarnos el nombre de cada mercancía y la posible forma de adquisición.

Durante esas semanas de verificación, el negocio no avanzaba en su rehabilitación y recuperación de ventas. Era extremadamente inusual contar con un seguro de pérdidas consecuenciales. Además, creo que la aseguradora no tenía prisa por comprobar las mermas, pues el reclamante debía tolerar las de segundo orden si quería recuperar sus daños materiales.

Por supuesto que, sumado a la inexistencia de un seguro de pérdidas consecuenciales y la depreciación de los activos a la hora de la indemnización, se encontraba el verdadero problema: el bajoseguro. Incluso ahora este inconveniente es muy usual porque los valores en riesgo suelen ser infravalorados o tradicionalmente declarados en minusvalía, a pesar de que se ha insistido muchas veces en la importancia de comunicar el costo de reposición de cualquier inversión y pagar la prima correspondiente.

Además, no faltaban ocasiones en las que el cliente se comprometiera a contar con las medidas de seguridad necesarias en el negocio, que simplemente consistían en tener extintores y canalizar las líneas eléctricas. Sin embargo, era muy poco usual que cumpliera. Por ello, fui el portavoz de improcedencias determinadas por las compañías de seguros para las que colaboraba.

Así pues, en infinidad de ocasiones, cuando sí era posible ofrecer al asegurado un importe indemnizatorio, este debía tolerar enormes pérdidas por carecer de un seguro de pérdida consecuencial, haber acordado un seguro por valor real, contar con una suma insuficiente, no tener suscrito el riesgo apropiado y haber incumplido las medidas de protección exigidas.

Nadie quería al ajustador, pero difícilmente se reconocía que los inconvenientes tenían un origen: el asegurado y tal vez la insuficiente asesoría del agente intermediario. La instrucción del sector siempre ha sido pagar lo procedente, pero el contratante retenía mucho más riesgo del que amparaba su póliza.

Ignoro cómo se suscribía antes de los ochenta, pero sí sé cómo se administran los riesgos desde entonces. Una constante de varias décadas fue suponer que gerenciar los peligros significaba lisa y llanamente comprar seguros y no intervenir en la seguridad o los diversos mecanismos que imponen las normas, los principios y los procedimientos regulados por las autoridades de Protección Civil tanto estatales como municipales.

Hoy es diferente. El empresario es más consciente de su exposición a las pérdidas y tiene un genuino interés en evitar la actualización de un riesgo previsto, algo que nunca ha deseado, así que estudia y acomete las posibilidades. A la par, la intermediación y el ajuste se han profesionalizado y regulado.

A pesar de que el mecanismo está más aceitado que nunca, sigue fallando. Sin embargo, estamos en los albores de las tecnologías que facilitan las cosas. El asegurado no quedará al margen de ellas, pues habrá registros de sus cumplimientos en materia de seguridad y certificación de procesos y maquinarías, así que los seguros serán cada vez más fáciles de suscribir.

Mientras el cliente realmente administre su exposición y no pretenda descansar sus riesgos enteramente en los seguros, es decir, mientras invierta en su seguridad, obtendrá precios competitivos en las pólizas. Las aseguradoras competirán por atraer a los clientes con baja exposición al riesgo, poca frecuencia de eventos y medidas de salvaguarda probadas para los siniestros de alto impacto.

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