Gianco Abundiz Cabrero
Menudo problema tenemos en la actual generación. Por un lado, la esperanza de vida aumenta todos los días —aún con el retroceso marcado por la pandemia—, lo cual suena magnífico, pero en realidad tiene muchos “asegunes”, pues hoy la gente fallece menos de enfermedades infectocontagiosas y más de padecimientos crónicodegenerativos, lo que implica forzosamente un incremento gigante de la atención médica. Por otro lado, nos encontramos con los grandes avances de la tecnología, los cuales categóricamente menciono como algo negativo desde el punto de vista de la salud y el dinero porque son altamente costosos —quienes patrocinan estas investigaciones ganan mucho dinero, pero no a tal grado que recuperen millones de veces lo que invierten, lo cual es un tema regulatorio, sin duda, y parte del llamado libre mercado—. Los servicios gubernamentales están rebasados y no pueden atender a la población enferma, lo que se hizo patente cuando llegó la maléfica covid-19. Entonces, la atención privada debería dar soporte a las carencias de la seguridad social. Como dijera el gran Arquímedes: “¡Eureka! ¡Encontré la solución!”. Sin embargo —siempre hay varios peros—, ¿cuánta gente puede pagar servicios privados de salud? Muy poca y cada vez menos… Ah, bueno… ¿y si compro un seguro de gastos médicos mayores? Parafraseando lo ya dicho: ¿quién tiene lana para uno? La cosa se complica.
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