Autos

El amarillo es para frenar

Raúl Carlón Campillo / Director general, Tranquilidad y Proyección

Con enorme gusto y agradecimiento inicio mis colaboraciones en Revista Siniestro, una gran publicación encaminada a resaltar las bondades de los contratos de capital para pagar pérdidas. Saber de seguros es apasionante para los técnicos y comerciales que hacen posible el funcionamiento de esta industria; sin embargo, la comprensión de los seguros entre la población ha representado un auténtico obstáculo para lograr que esta sea consciente de la importancia de tenerlos. He sostenido desde hace décadas que este problema se desprende sobre todo del genuino interés de vender, pues este ha estado por encima de la imperiosa necesidad de educar a la población en materia de previsión. Para ejemplificar las cuestiones que debemos trabajar, me enfocaré en la cultura vial, ya que el seguro de auto lleva la delantera en la preferencia y exigencia de contratación, incluso por encima de la póliza de vida.

La falta de conciencia y educación en temas de previsión es clara y cotidiana en la calle donde conviven automovilistas, ciclistas, motociclistas y peatones. En la vida urbana ideal, las banquetas son para quienes se mueven a pie y el arroyo vehicular para quienes se desplazan en vehículos; los puentes existen para que los peatones logren cruzar, no para que el ambulantaje se adueñe de ellos; las señales pintadas en el suelo son suficientes para que se conduzca dentro de un carril, y los buenos hábitos, como leer y respetar los límites de velocidad, frenar antes de los cruces peatonales y no invadir los carriles confinados para ciclistas y camiones de pasajeros, siempre están presentes.

Un fenómeno urbano destaca con respecto a la falta de cultura vial. Los semáforos en las vialidades, cuya cromática es conocida y uniforme en todo el planeta, permiten avanzar cuando la luz es verde, aplicar los frenos cuando es amarilla y detener totalmente el vehículo cuando es roja. Desde muy temprana edad, aunque todavía no sepamos manejar, identificamos y comprendemos el significado de un semáforo y sus colores, así que es ocioso y falso asumir el desconocimiento de estas señales. Como el centro del problema está en el poco respeto que se da a ellas, la pregunta que surge irremediablemente es ¿por qué la gente no respeta los semáforos?

Una primera explicación, tal vez lapidaria, es la normalización que hemos hecho de hacer caso omiso de la existencia de los semáforos y no respetar lo que nos indican los colores: el amarillo es para frenar, aunque muchos creen que es para acelerar, y el rojo es para detener totalmente el vehículo, no para acelerar –¡ni siquiera cuando no venga ningún auto o sea de madrugada!–. Solo cuando los semáforos parpadean, sin importar el color en que hayan quedado, podemos avanzar con toda precaución, fijándonos siempre que no venga otro vehículo y que un peatón no se encuentre cruzando la vialidad.

Las aseguradoras podrían impulsar a la ciudadanía a respetar las señales de tránsito estableciendo esto como un requisito indispensable para considerar procedente un siniestro. Recordemos que pasarse una preventiva o un alto y golpear a otro es amparado, ¡aunque el imprudente haya tenido la voluntad de acelerar cuando el semáforo ordenaba que se detuviera! Esta intención se manifiesta cuando el asegurado argumenta que no se pasó el alto, solo la preventiva. El problema persiste porque, a pesar de semejante imprudencia, el seguro paga los daños. ¿Qué ocurriría si se duplica el deducible o, mejor todavía, si se declina la reclamación cuando una imprudencia sea la causa del daño?

Aunque esta sugerencia parezca incendiaria, desde mi opinión, el seguro es un instrumento que paga pérdidas irremediables, no las provocadas por alguien que, en su más primitiva versión irresponsable, decide embriagarse, drogarse o pasarse una preventiva o un alto y termina provocando daños al bien asegurado y a terceros. Es imprescindible culturizar a la población en la previsión, lo cual se fortalece con el ejemplo. Tener un seguro de auto no debe ser un pasaporte a la impunidad, pues quien conduce un auto asegurado tiene las mismas obligaciones de respeto a las señales de tránsito que quien, además, incurre en una falta al circular sin póliza. Además, aunque el daño a terceros se ampare porque el afectado no tiene la culpa de la irresponsabilidad del asegurado, la compañía debería tener y ejercer la atribución legal de recuperar lo pagado, cobrándoselo al usuario de la póliza, lo cual provocaría que, a pesar del pataleo y escándalo consecuente, los asegurados se preocuparan más por respetar las señales de tránsito.

La polémica de estas reflexiones es necesaria y merecedora de toda la crítica constructiva posible. Imaginar que una aseguradora o varias implementarán un programa de capacitación y cultura vial entre sus clientes me hace dimensionar la enorme oportunidad que tenemos para aportar, además de magníficos contratos, una cultura de previsión a la población.

Agradezco de nuevo a Laura Edith Islas Yáñez por la enorme oportunidad de colaborar en esta importante revista.

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