Dra. Socorro Morales / Directora médica administrativa y de Siniestros de Dictamed, Nocrala Selarom dra.m.s.morales@gmail.com
El 16 de marzo hubo una tarde lluviosa. Siempre me han gustado los días de lluvia porque me parece que se respira mejor y que hay menos gente en la calle, lo cual prefiero. Estaba viendo una serie, pero me aburrió. Como ya era de noche, salí a comprar algo para cenar. Aunque no se me antojaba nada, debía aprovechar la lluvia intensa para no encontrar la tienda llena de gente sonriente, familias felices y niños corriendo y gritando. Desde hace mucho tiempo no tengo deseos de interactuar con la humanidad. Por fortuna, trabajo en casa: solo entrego reportes y mantengo contacto con mi jefe por correo electrónico. Me siento protegida con mi aislamiento. Casi todo lo que necesito me llega por paquetería.
Tengo una hermana que todos los días me envía un mensaje, quizá para saber si aún vivo. Mi firma de supervivencia consiste en notificarle que recibí su mensaje. Antes insistía en llamarme por teléfono, pero cierto día se dio por vencida.
También está ella, quien me paga una suscripción para practicar yoga. Todas las mañanas me conecto a la clase, aunque no sé para qué, pero ella siempre está al pendiente de que esté allí. Supongo que es una forma de tenerme vigilada. Además, tres veces a la semana me envía el desayuno o la comida, pues es su manera de estar presente. No me visita porque no se lo permito: viene y toca el timbre por quince minutos, pero no le abro y no hago ruido para que crea que no estoy. Es nuestro juego. Ella permanece fuera, sabiendo que estoy dentro, luego se va para volver después, pues es persistente. Últimamente me envía libros: el más reciente se titula Distancia de rescate. Lo leí y entendí lo que me quiso decir. Eso me molestó. Prometí ya no recibir el próximo libro que me enviara.
Ella me llamó ese día por la mañana. No le contesté. Estoy harta de que me busque. Ella lo sabe porque se lo he dicho. Ese día, cuando llegué de la tienda, no entendía qué pasaba: todo me daba vueltas, el dolor era muy intenso, mis manos temblaban y tenía sed. Me acerqué a la mesa e intenté servirme agua, pero no pude agarrar el vaso. No recuerdo lo que pasó después.
Cuando desperté, allí estaba ella. Me miró y me dijo: “Me diste un buen susto”. Sonrió y me acarició la mejilla. Mis ojos se llenaron de lágrimas porque, a pesar de cuánto la ignoré, mi madre siempre estuvo aquí, esperándome.
