Seguros

¡Lástima, Margarito!

Carlos Zamudio Sosa / Claims Manager, México Claims and Risk Management czamudio@mexicoclaims.com

La frase del título, tomada de un programa de televisión mexicano transmitido hace décadas, resume bien el desconcierto que ocurre cuando una póliza promete con entusiasmo y luego se desdice con la misma destreza con la que un mago esconde una carta. No son extrañas las pólizas que parecen comedias de teatro redactadas por dos autores enemigos: uno concede con fervor deportivo y el otro desmonta con sigilo. En ellas, el resultado recuerda una tarea escolar hecha en equipo: hay estructura, pero no cohesión ni transición ni acuerdo entre las partes.

No es raro encontrar condicionados donde la cobertura nace impecable y termina convertida en pieza de museo: existe para admirarla, pero no se toca. Más que documentos de técnica jurídica, algunos contratos predispuestos parecen criaturas de ultratumba, un Frankenstein contractual armado con retazos que al parecer jamás pasaron por la auditoría de congruencia que exige su registro. El vicio es conocido: multiplicar cláusulas sin verificar si se contradicen, se estorban o inducen al error. El asegurado suscribe con la duda constante de si se protege el riesgo; en tanto, se administra la confusión y se eleva una plegaria para que el siniestro no se produzca.

El asegurador no acepta que sus asegurados pretendan traspasar mediante el pago de un seguro los riesgos que no gestionan, asumiendo que la prima es un sustituto barato de las inversiones que deberían realizar en el negocio, y que, por si fuera poco, no sean capaces de interpretar la póliza.

Ante el contratante ordinario, la cobertura aparece redonda y tranquilizadora, escrita para que el tomador sienta —con esa mezcla de ingenuidad y necesidad propia de todo contrato de adhesión— que por fin alguien pensó en protegerlo. Solo los iniciados descubren que la generosidad plasmada en la carátula del contrato es retórica con cara de cortesía. El beneficio está, sí, pero sitiado por exclusiones que parecen espinas entre cien páginas, donde el inexperto se pierde entre cláusulas limitantes y otras delimitantes que, a veces, se contraponen entre sí.

Las coberturas permanecen latentes por todo un año, pero están acribilladas por salvedades, condicionan- tes y notas que, bajo ciertos supuestos, convierten la promesa en un espejismo con membrete. La póliza no niega de frente, pues no puede, así que se comporta como los niños que aparentan compartir el juguete: extienden una mano y lo esconden con la otra. La contradicción, entonces, ya no es un accidente de redacción, sino un modelo de negocio que retorna el riesgo hacia el asegurado y convierte la interpretación en un deporte extremo.

Un contrato de seguro, por definición, debe tener un tono técnico y un diseño profesional. Bajo la buena fe que debería regir la relación, cabría esperar que el asegurador —dueño natural del lenguaje— evitara el copy-paste industrial que trasplanta párrafos sin revisar si encajan o si se contradicen y si resultará ridículo defenderlos cuando llegue la controversia; sin embargo, copia una exclusión pensada para otro supuesto, pega una cobertura heredada de otro producto, remienda aquí y parcha allá. Es lastimoso seguir encontrando, en lugar de un contrato coherente, un collage con pretensiones de certeza que se dirime en tribunales.

Lo más irritante no es su torpeza, sino su rentabilidad para la parte fuerte. Cuando el texto concede y excluye al mismo tiempo, el riesgo queda suspendido en una bruma interpretativa donde el reclamante siempre pierde, incluso cuando gana, porque pagó por seguridad y recibió una adivinanza que terminará resolviéndose en juicio. Se vende tranquilidad al consumidor, pero se le entrega un litigio potencial con sonrisa incluida.

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