Lyndsay Garnica / Asociada senior, DAC Beachcroft
México es una nación edificada sobre el riesgo. Su geografía privilegiada, rodeada por océanos, atravesada por placas tectónicas y sostenida por complejas cadenas industriales y energéticas, la convierte en uno de los países más expuestos a catástrofes de origen natural y a siniestros de gran escala.
Terremotos, huracanes, explosiones industriales, fallas de infraestructura y crisis ambientales han marcado profundamente la historia contemporánea del país. Sin embargo, detrás de cada proceso de reconstrucción existe un actor silencioso que rara vez ocupa los titulares: el seguro.
La historia moderna de México debe entenderse no solo desde la política, la ingeniería o la economía, sino también desde la capacidad del Estado y del sector privado para absorber las pérdidas, transferir los riesgos y financiar la recuperación nacional después del desastre.
En este contexto, los seguros y el reaseguro constituyen una forma invisible de infraestructura crítica. No construyen carreteras ni generan electricidad, pero permiten que el sistema económico continúe funcionando cuando todo parece colapsar.
Los grandes siniestros que marcaron al país transformaron no solo ciudades, sino también instituciones enteras. Uno de los ejemplos más emblemáticos es el terremoto de 1985 en la Ciudad de México. Más allá de la tragedia humana, el evento reveló la fragilidad estructural de la capital, las limitaciones de los mecanismos de respuesta y la ausencia de una verdadera cultura nacional de protección civil. El colapso de hospitales, edificios habitacionales y centros de trabajo dejó claro que el riesgo sísmico era, además de un inconveniente geológico, un problema sistémico.
A partir de esa tragedia surgieron transformaciones fundamentales: se fortaleció el Sistema Nacional de Protección Civil, evolucionaron los reglamentos de construcción y comenzó a consolidarse una mayor conciencia colectiva sobre la prevención y la resiliencia. Además, el terremoto modificó la percepción financiera del desastre. La reconstrucción de una ciudad requiere enormes capacidades económicas y mecanismos capaces de absorber las pérdidas masivas en periodos extremadamente cortos.
La explosión de instalaciones de gas LP en San Juanico (1984) demostró el potencial devastador de los riesgos industriales y energéticos, destruyó comunidades enteras y evidenció las consecuencias de una expansión urbana desordenada alrededor de una infraestructura de alto riesgo. Las explosiones de Guadalajara de 1992 volvieron a mostrar cómo una falla en la infraestructura energética podía paralizar una ciudad, destruyendo vialidades, viviendas y redes urbanas enteras.
Estos eventos compartieron una característica esencial: cada uno impulsó reformas regulatorias, técnicas y administrativas. En México y en el mundo, una gran parte del derecho relacionado con la protección civil, la construcción, la energía y la gestión de riesgos ha evolucionado de manera reactiva después del desastre. Lastragedias se convierten en catalizadores de cambio. Existe algo menos visible, pero igualmente decisivo: la dimensión financiera del riesgo. Un país debe no solo responder a la emergencia inmediata, sino también financiar la recuperación posterior. La reconstrucción de hospitales, aeropuertos, puertos, cadenas logísticas, hoteles y sectores industriales requiere liquidez masiva.
Cuando esta no existe, el desastre puede transformarse en una crisis económica prolongada. Ahí es donde el seguro adquiere una relevancia estratégica. Los seguros y el reaseguro permiten distribuir el impacto financiero de las catástrofes a escala global. Gracias a los mecanismos internacionales de transferencia de riesgo, las pérdidas generadas por un huracán en México pueden ser absorbidas parcialmente por mercados especializados en diversas latitudes. Esto convierte el seguro en una herramienta de estabilidad macroeconómica y continuidad nacional.
El huracán Otis evidenció una realidad con crudeza. En cuestión de horas, Acapulco sufrió una devastación sin precedentes. Hoteles, hospitales, carreteras, redes eléctricas y comercios quedaron severamente dañados, pero el problema no se reducía a los daños físicos. Miles de empleos, cadenas de suministro y flujos económicos dependían de la velocidad de recuperación de la ciudad. Después del huracán, el activo más importante de Acapulco no fue el concreto, sino la liquidez. Las indemnizaciones derivadas de los seguros patrimoniales, las coberturas de interrupción de negocios y el reaseguro internacional se convirtieron en mecanismos esenciales para reactivar las operaciones y evitar un colapso económico mayor. Al mismo tiempo, el siniestro expuso uno de los desafíos estructurales más importantes del país: la baja penetración del seguro. Millones de personas y pequeñas empresas continúan completamente expuestas a las pérdidas catastróficas, sin contar con herramientas financieras adecuadas para recuperarse.
En este contexto, los seguros dejan de ser simples instrumentos contractuales privados para convertirse en componentes esenciales de la resiliencia nacional. La infraestructura crítica de un país —de energía, telecomunicaciones, puertos, manufactura, logística e incluso turismo— depende de los mecanismos de transferencia de riesgo para mantener su continuidad operativa.
Ninguna economía moderna puede sostenerse sin estructuras capaces de absorber las pérdidas extraordinarias. Por ello, el seguro también debe entenderse como un asunto de seguridad nacional. En las próximas décadas, México enfrentará riesgos cada vez más complejos: el cambio climático, las megatormentas, el estrés hídrico, los ciberataques, las fallas sistémicas de infraestructura y las amenazas híbridas que combinan factores naturales, tecnológicos y humanos. Frente a este panorama, la gestión de riesgos y el seguro dejarán de ser sectores periféricos para convertirse en pilares centrales de la estabilidad económica y la continuidad institucional.
Los siniestros revelan no solo las vulnerabilidades de una nación, sino también su capacidad para reconstruirse. México ha aprendido, una y otra vez, a levantarse después del desastre. Detrás de cada reconstrucción existe una red compleja de ingenieros, ajustadores, aseguradoras, reaseguradores, abogados y especialistas en riesgos, que operan silenciosamente para sostener la continuidad del país. Al final, los seguros protegen no solo edificios, aeronaves y puertos, sino también la posibilidad de que una sociedad continúe funcionandodespués de la catástrofe.
