En esta ocasión entrevistamos a Alejandro Bersaín, gerente de Seguros de Daños de la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS), para conocer cómo los desastres han transformado la gestión del riesgo dentro de la industria aseguradora y por qué un nuevo enfoque reconoce que las consecuencias de un fenómeno no dependen solo de la naturaleza, sino también de las decisiones humanas en materia de prevención, planeación urbana y gestión del riesgo.
Adrián Palacios Ramírez / Reportero, Revista Siniestro
Alejandro explicó que los desastres no deben calificarse solo como “naturales”, ya que los daños y pérdidas están determinados tanto por la intensidad del fenómeno como por factores como el crecimiento urbano desordenado, la ocupación de zonas vulnerables y la falta de políticas de prevención. En este sentido, subrayó la necesidad de fortalecer una cultura de prevención que contribuya a disminuir las afectaciones económicas y sociales derivadas de los eventos catastróficos.
Durante muchos años se utilizó el término “desastres naturales”; sin embargo, organismos internacionales como la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) han promovido un cambio de paradigma tras reconocer que la vulnerabilidad de las comunidades influye en la magnitud de las pérdidas. La deficiente gestión del riesgo, la falta de ordenamiento territorial y la ausencia de infraestructura resiliente incrementan de forma considerable el impacto de, por ejemplo, los huracanes, los sismos y las inundaciones.
Antes, los sismos representaban el mayor desafío para la industria aseguradora en México. En los últimos años, los fenómenos hidrometeorológicos generan las mayores pérdidas para el sector.
De acuerdo con las cifras compartidas por la AMIS, alrededor del 72 % de las pérdidas aseguradas registradas entre los diez siniestros más costosos del país corresponde a fenómenos hidrometeorológicos, los cuales suman cerca de 9 mil millones de dólares en daños. Entre los eventos más relevantes destacan los huracanes Wilma (2005), Odile (2014) y uno de los fenómenos más devastadores que ha enfrentado el mercado asegurador mexicano: Otis (2023).
Las lluvias prolongadas y las inundaciones también generan pérdidas cada vez más importantes para la industria. Por ejemplo, las intensas precipitaciones registradas durante octubre de 2024 en Veracruz, Hidalgo, Puebla y San Luis Potosí provocaron pérdidas aseguradas cercanas a los 6 mil millones de pesos, monto que supera al de otros eventos de gran magnitud. Aunque estos fenómenos son considerados riesgos secundarios, hoy constituyen una parte importante de la siniestralidad del sector asegurador por su creciente frecuencia e intensidad.
Respecto al impacto del huracán Otis, el representante de la AMIS informó que se registraron alrededor de 46 mil reportes de siniestros, de los cuales más de 25 mil correspondieron a viviendas. A pesar de ello, la penetración del seguro en Guerrero apenas alcanzaba el 6.5 %, lo que evidencia que una gran parte de la población enfrentó las pérdidas sin contar con una protección financiera. Ante este escenario, las aseguradoras han fortalecido sus modelos de evaluación del riesgo mediante el uso de información climática más actualizada y de tecnologías, como los drones y las herramientas analíticas, que permiten estimar con mayor precisión la exposición de los bienes asegurados. Además, mantienen una colaboración permanente con las instituciones académicas para mejorar los modelos de prevención y gestión del riesgo.
En cuanto al costo de los seguros, Alejandro aclaró que la ocurrencia de un desastre no implica un incremento automático en las primas. Explicó que la evaluación considera la exposición total del riesgo de cada asegurado, así como el respaldo del mercado internacional de reaseguro, por lo que las aseguradoras continúan ofreciendo cobertura incluso en las zonas con alta exposición. Destacó que la prevención continúa siendo la herramienta más eficaz para reducir las pérdidas. Una adecuada gestión integral del riesgo contempla la identificación, la evaluación, la cuantificación, el control y el monitoreo permanente de las amenazas, lo cual permite a las personas,
las empresas y los gobiernos tomar decisiones oportunas para proteger su patrimonio.
Como ejemplo de buenas prácticas, Alejandro mencionó que en Quintana Roo, tras el paso del huracán Wilma, se fortalecieron los reglamentos de construcción para desarrollar infraestructura más resistente a futuros ciclones y reducir de manera significativa la vulnerabilidad de la entidad.
Nuestro entrevistado considera que el principal reto es fortalecer la cultura de la prevención y del aseguramiento. La industria busca aprovechar las lecciones aprendidas tras el huracán Otis y otros eventos para impulsar talleres, seminarios y programas de capacitación dirigidos a los empresarios, las autoridades y la ciudadanía. Por otro lado, reveló que aproximadamente el 15 % de los bienes asegurados afectados por Otis no contaban con una cobertura para riesgos hidrometeorológicos, lo que evidencia la importancia de revisar con cuidado las pólizas contratadas y garantizar que estas respondan a los riesgos reales de cada patrimonio.
Finalmente, enfatizó que, si bien no es posible evitar la ocurrencia de fenómenos naturales, podemos mitigar sus consecuencias mediante tres pilares: una adecuada gestión del riesgo; una mayor coordinación entre las autoridades, la iniciativa privada y la sociedad, y una mayor penetración del seguro. A su juicio, fortalecer la resiliencia financiera de las familias, las empresas y la infraestructura pública será uno de los principales desafíos frente a un escenario en el que los efectos del cambio climático son cada vez más frecuentes e intensos.
