Mtro. Juan Manuel Flores Sandoval
Socio director, Tecnología Fiscal
Imagina que un agente de seguros recibe una oferta difícil de ignorar: un listado con 100 mil prospectos calificados que supuestamente tienen interés en seguros de vida, ahorro o retiro. La promoción luce profesional: permite segmentar los prospectos por edad, interés y ubicación e incluso ofrece descargar gratuitamente una muestra en Excel de 500 registros. ¿La abrirías?
Probablemente muchos agentes sentirían, al menos, curiosidad. Y precisamente ahí puede comenzar un fraude. El archivo podría contener no solamente una lista de prospectos, probablemente ficticia, sino también software malicioso capaz de comprometer la computadora. En otros casos, el engaño podría dirigirnos a un sitio falso para inducirnos a proporcionar contraseñas, datos bancarios u otra información confidencial. Pero lo más interesante del ataque no está en la tecnología utilizada. Está en la razón por la que decidimos con- fiar. Los seres humanos tenemos una tendencia natural a confiar. Esta nos permite vivir en sociedad, trabajar, establecer relaciones y hacer negocios. Para un agente de seguros esto es particularmente importante.
El negocio asegurador funciona sobre la confianza mutua. Nuestros clientes nos confían información personal y patrimonial porque saben que podemos ayudarlos a proteger aquello que les importa. Nosotros confiamos en que dichos datos son verídicos y nos permiten evaluar correctamente sus necesidades y riesgos.
El problema aparece cuando alguien decide utilizar esa característica humana en nuestra contra. Esto es lo que se conoce como ingeniería social: manipular a una persona para conseguir que realice voluntariamente una acción que beneficie al atacante. En lugar de intentar vulnerar directamente la seguridad de una aplicación o sistema, busca influir en nuestro proceso de decisión. Para lograrlo, necesita algo relativamente sencillo: entendernos.
¿Qué quiere un agente de seguros? Prospectos, ventas, conservar su cartera, oportunidades de negocio y ahorrar tiempo. Por eso, un supuesto listado de 100 mil prospectos resulta un buen señuelo: no ofrece algo absurdo o ajeno a nuestra actividad, sino algo que cualquier agente quisiera tener.
Los fraudes no siempre llegan disfrazados de amenazas como “su cuenta será suspendida” o “detectamos movimientos bancarios sospechosos”. También pueden presentarse como oportunidades o algo que deseamos. La urgencia, la escasez, la ambición, la curiosidad, el miedo e incluso la comodidad pueden hacer que actuemos intempestivamente. Y esto puede ocurrirle a cualquier profesional, incluso a aquellos capacitados para administrar riesgos.
Para un agente de seguros existe entonces una paradoja interesante. Todos los días ayudamos a nuestros clientes a identificar, evaluar y transferir riesgos; sin embargo, necesitamos aplicar ese mismo principio a nuestra propia actividad.
Antes de descargar un archivo, entregar información o hacer clic en un enlace, conviene detenernos y verificar quién está detrás, qué estamos autorizando y qué riesgo puede implicar nuestro actuar.
Sería imposible operar suponiendo que cada correo, archivo, enlace u oportunidad es un intento de fraude. Pero sí debemos aprender a reconocer cuándo una acción requiere que nos detengamos y verifiquemos antes de continuar. La confianza no es una debilidad. Para un agente de seguros es una característica indispensable de nuestras relaciones personales y profesionales, pero puede convertirse en una vulnerabilidad cuando alguien aprende a manipularla.
No podemos evitar la ingeniería social dejando de confiar. Tenemos que aprender a hacerlo de manera segura. Ronald Reagan, durante sus negociaciones con Mijaíl Gorbachov en los últimos años de la Guerra Fría, popularizó un proverbio ruso que resume perfectamente esta idea: “Confía, pero verifica”.
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