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Discapacidad. La complejidad detrás de la medición.

Dra. María de los Angeles Yáñez

Directora de la Maestría en Ciencia de Riesgo, ITAM

Desde 1981, la Organización Mundial de la Salud (OMS) impulsó el estudio sistemático de la discapacidad. En aquel momento se estimaba que alrededor del 10% de la población mundial vivía con alguna discapacidad. En México, las cifras muestran una gran variación en el indicador: el Censo de 2000 la ubicó en 1.88% de la población, mientras que el Conteo de Población 2025 la estima en 4.5%.

Parte de estas diferencias obedece a los cambios en los criterios de medición y a la forma en que se identifica a las per- sonas con discapacidad. Sin embargo, dejando de lado las cifras, resulta más importante comprender la severidad de las limitaciones y la manera en que afectan la vida cotidiana. Las personas que viven con discapacidad no constituyen un grupo homogéneo. Existen múltiples factores que influyen en su experiencia de vida, entre ellos la manera en que cada persona asimila su condición, los obstáculos que enfrenta en sus actividades diarias, la edad en que adquirió la discapacidad, los apoyos disponibles y los niveles de rehabilitación alcanzados.

En 1980 se utilizaba la Clasificación Internacional de Deficiencias, Discapacidades y Minusvalías (CIDDM), que distinguía tres dimensiones:1) Las deficiencias, referidas a alteraciones corporales como la pérdida de miembros, sentidos o funciones intelectuales; 2) Las discapacidades, entendidas como las consecuencias funcionales de las deficiencias; 3) Las minusvalías, asociadas a las desventajas sociales derivadas de las discapacidades. Esta clasificación consideraba categorías como dificultades para ver, oír, hablar, moverse, sostenerse, aprender, controlar la conducta o realizar actividades de cuidado personal.

En 2001 surgió la Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), una evolución de la CIDDM. La CIF incorpora una visión más amplia al considerar las funciones corporales, las estructuras anatómicas y las actividades individuales, así como la interacción con el entorno. Este marco conceptual sustenta instrumentos como la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (Enasem), que explora las dificultades para realizar las Actividades Básicas de la Vida Diaria (ABVD) y las Actividades Instrumentales de la Vida Diaria (AIVD).

Es importante señalar que presentar limitaciones en alguna ABVD o AIVD no implica necesariamente que una persona tenga una discapacidad ni que requiera apoyos o cuidados especiales. Por ejemplo, algunas personas pueden experimentar dificultades para levantarse de la cama o acostarse sin llegar a identificarse como personas con discapacidad. De manera similar, una persona con amputación bilateral de piernas que cuente con prótesis adecuadas podría no reportar limitaciones para caminar.

Lo anterior introduce una dimensión fundamental: la severidad de la discapacidad. Esta no depende exclusivamente de una condición física o mental, sino también de factores como el ingreso, el acceso a ayudas técnicas, los apoyos familiares y el entorno físico y social, así como del estilo de vida de cada individuo.

En 2005 realicé entrevistas a personas con limitaciones para efectuar actividades básicas e instrumentales de la vida diaria, con el propósito de conocer cómo percibían la gravedad de sus limitaciones. Los resultados mostraron contrastes interesantes. Algunas personas con dificultades para caminar cuyas actividades económicas se desarrollaban en el comercio o los servicios vivían con dolor constante que limitaba su trabajo y calificaban su condición como grave. En contraste, personas con hemiplejia o cuadriplejia describían su situación como moderada gracias al apoyo de su familia, el acceso a fisioterapia, dispositivos auxiliares y diversas tecnologías de asistencia.

Desafortunadamente, en estos ejercicios dejé fuera elementos relacionados con la salud mental, como el estado de ánimo, la depresión y la ansiedad, factores que, sin duda, influyen en la percepción y vivencia de la discapacidad.

A ello se suma la existencia de enfermedades raras y otras condiciones que generan discapacidades invisibles. Aunque muchas de estas limitaciones no son evidentes para los demás, tienen efectos significativos en las actividades cotidianas y en la calidad de vida de quienes las padecen. Ante este universo de situaciones y experiencias, la medición de la discapacidad se vuelve cada vez más compleja.

Desde mi perspectiva, las cifras reportadas en el Conteo de Población 2025 probablemente subestiman la magnitud del fenómeno. Más allá de perfeccionar los instrumentos estadísticos, es necesario replantear la forma en que entendemos y evaluamos la discapacidad incorporando dimensiones relacionadas con la severidad, los apoyos disponibles, la salud mental, la autonomía funcional y el contexto social. Solo así será posible avanzar hacia una medición más integral y, sobre todo, hacia políticas públicas más sensibles a la diversidad de experiencias que viven las personas con discapacidad.

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